No Hay Nada Peor.

No sé si esa canción de Jarabe de Palo acierta al cien por cien pero poco le debe faltar. Y es que posiblemente hay pocas cosas peores que un desamor. La persona rechazada, abandonada, dejada en una ruptura es la que se lleva la peor parte. Y eso es indudable nos pongamos como nos pongamos.

Aunque en este Blog hay unos cuantos posts en los que se enfoca esa situación desde una óptica positiva (como no puede ser de otra manera) y siempre reivindico la necesidad de no perpetuar relaciones que no van a ningún sitio, es obvio que a la persona que se queda cuando el amor se acaba es como si todo se le desvaneciese. Autoestima por los suelos, sentimiento de rechazo, desazón, abandono, soledad… Un montón de recuerdos y otro de ilusiones que se truncan, y la dificultad y la dureza de tener que mirar, si o si, hacia delante.

Se echan de menos rutinas, presencias, olores, la propia respiración del ausente. Se echa de menos incluso lo que antes se echaba de más.

Se hace necesaria la empatía por la otra parte, pero hasta eso se vuelve difícil. A veces la única forma que tiene de ayudar el que se ha ido es no apareciendo.

 

 

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